El Silencio Como Estrategia: ¿Dónde Quedó la Voz Oficial por los menores?
La tragedia en San Nicolás, donde la vida de una niña de solo 5 años fue truncada por la violencia desatada por la delincuencia organizada, ha dejado una herida profunda en la sociedad neoleonesa.
Sin embargo, lo que agrava este dolor no es solo el crimen, sino la ausencia de un pronunciamiento oficial por parte de las autoridades estatales.
En una era donde la comunicación gubernamental se ha volcado a las redes sociales, convertidas en la principal herramienta de contacto del Gobernador, el silencio ante una víctima colateral tan joven resulta, por decir lo menos, preocupante.
El público ha visto, a través de las cuentas oficiales, mensajes detallados sobre proyectos de infraestructura, videos explicando cómo hacer hot cakes o incluso tours por los armarios personales.
Esta estrategia, diseñada para mostrar cercanía y transparencia, contrasta de manera dramática con la nula mención a los niños y niñas que han muerto por la inseguridad en el Estado.
¿Cómo es posible que haya tiempo y espacio digital para unas cosas que pueden ser consideradas triviales pero no para la condena y la solidaridad ante el más cruel de los escenarios: una niña asesinada por las balas que, se supone, la autoridad debe controlar?
El silencio del Ejecutivo no es un accidente; es un mensaje. Al no mencionar a estas víctimas, la autoridad parece relegar estas muertes a la categoría de "daños colaterales" inevitables o, peor aún, invisibles.
Esto desincentiva la confianza pública y genera la percepción de que la vida de los ciudadanos, especialmente la de las víctimas de la violencia que no encajan en la narrativa oficial de éxito, no es una prioridad mediática.
Si el Congreso puede ser considerado un foro, la Secretaría de Finanzas otro, las redes sociales son la plaza pública del siglo XXI para este gobierno. Y en esa plaza, la voz oficial eligió guardar silencio ante la vida apagada de la niña.
Es hora de que el gobierno entienda que la comunicación efectiva no es solo mostrar lo que funciona o lo que es glamouroso, sino, sobre todo, enfrentar con responsabilidad y empatía las tragedias que laceran al Estado.
El dolor de los niños y niñas asesinados por la violencia y sus familias merecen, al menos, una mención pública de justicia y compromiso.
